Por Armando Yero La O
Tengo serias dudas acerca de la supuesta “debilidad” del
sexo femenino. Más de una vez he visto cómo una mujer de frágil apariencia
acomete tareas que un hombre fornido piensa dos veces en llevar a término, si
es que la lleva. Claro, los varones tenemos un “sexto sentido” para justificar
el terreno perdido y darle carta de ciudadanía a una pretendida superioridad
física e intelectual que en realidad nunca hemos tenido.
Todavía muchos hombres padecen la enfermedad de la doble
moral, expresada en el discurso público de la “igualdad” mientras que, puertas
adentro, esgrime todo tipo de subterfugios para bloquear una posible promoción
femenina a un cargo de dirección.
A menudo la vergüenza masculina sale mal parada frente a
muchas mujeres cuya ejecutoria en todos los órdenes, constituye un rotundo
mentís al hipócrita papel de “protectores” que por lo general, los hombres
reservan para ellos.
Basta una rápida mirada a la historia de la humanidad para
darnos cuenta de cómo, a pesar de los condicionamientos psicológicos, sociales,
económicos, políticos, e incluso ideológicos, que han hecho posible un absurdo
determinismo de subordinación al hombre, las mujeres han demostrado que no son
inferiores, sino por el contrario, equiparables e incluso mejor dotadas para
realizar tareas propias del universo masculino.
Ellas han dado pruebas de que pueden estar a la par del
hombre en todas las actividades humanas. En el deporte, la política, la
ciencia, la producción, el arte, la cultura…no hay un solo campo del que se les
pueda excluir.
En Cuba ha evidenciado su valía a lo largo de todo el
proceso conformador de nuestra nacionalidad. En cada período de la rica
historia nacional, podemos encontrar ejemplos de heroísmo y grandeza femeninos.
¿Qué es si no el valioso servicio de médicas y enfermeras en remotos parajes de
África, Asia y América Latina en condiciones nada fáciles, haciendo lo mismo y
en ocasiones más que sus colegas masculinos? ¿Acaso las mujeres no escribieron
páginas gloriosas en nuestras guerras independentistas?
Los machistas contumaces no debieran olvidar nunca nombres
femeninos como el de Isabel Rubio, que alcanzó los grados de capitana del
Ejército Libertador; el de Marta Abreu, de quien los villaclareños se sienten
eternos deudores de su altruismo sin límites; el de Rosa Castellanos (La
Bayamesa), que combatió contra los colonialistas españoles; o los de Lidia y
Clodomira, que no abrieron la boca para exhalar un solo grito de dolor mientras
las torturaban para que delataran a sus compañeros revolucionarios, o el de Ana
Fidelia, quien confirmó que de un revés se puede regresar a la gloria.
No es preciso hacer una relatoría de ejemplos. Todos los
hombres sabemos que las mujeres ni son “débiles” ni están impedidas de asumir
responsabilidades importantes.
Por eso, cuando mis cofrades hablan acerca de ellas con ese
tono inconfundible de perdonavidas, pienso que en realidad están intercambiando
discretas vacunas contra un mal escondido complejo de culpa, o de inferioridad,
para poder seguir engañando al mundo y a sí mismos sobre su inexistente
superioridad. ¿Sexo débil ellas? No, definitivamente eso es mentira.
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